Mis relatos

MI OTRO YO

Hoy es 31 de octubre y voy camino del pueblo. Aún me queda casi una hora de trayecto y está anocheciendo. He estado retrasando el momento de la partida intentando convencerme a mí mismo de tener muchas cosas que hacer, pero es que llevo varios años haciéndome el loco y sin ir a arreglar la tumba de mi madre en el cementerio. No soporto ver el tiempo detenido en la foto de su lápida, ni la cruz que la adorna. Intuyo que, desde que murió, es ella la que cada noche abre las ventanas y pasea por mi cuarto inundándolo todo con aroma de flores y canturreando; la que siempre me ha empujado a venir cada día de difuntos y la que últimamente anda muy enfadada porque durante los dos últimos años no le he hecho caso. Pero no siento miedo. Sé que mi madre nunca haría nada que me causara sufrimiento.

En el pueblo, sin embargo, siento un frío interior que me paraliza y anula mis sentidos. Es un frío extraño que no proviene del estado del tiempo, da igual verano o invierno, allí siempre llueve y la sangre se hiela en mis venas. Ya no recuerdo cuando fue la última vez que vi el sol, aunque algo dentro de mí sabe que no lo soportaría.

La casa no ayuda a mi relajo. Esa casona tan grande y solitaria en la que retumban mis pasos y resuenan los ecos de conversaciones ajenas. Nadie vive allí ni en varios kilómetros a la redonda. Estamos en medio de algo parecido a un pueblo fantasma. Por eso no he venido en dos años, desde que falleció María, el ama de llaves. Desde su funeral no he puesto los pies sobre este lugar. Recuerdo cuando ella vivía en la casa y me esperaba los días como hoy con un cesto de panellets recién hechos. Aunque no supiera a qué hora llegaba, se las arreglaba para que siempre los encontrara calientes. Solo comerlos atenuaba un poco mi frío. Pero hoy no tendré ese recibimiento. La casa olerá a cerrado, el polvo llenará todos los rincones y yo querré irme de allí incluso antes de abrir la puerta. Así que será una estancia corta, pasaré la noche como pueda y mañana bien temprano iré al cementerio, pondré flores en la tumba de mi madre y volveré a casa. Así lo haré.

Ya estoy aquí. Saco la llave del bolsillo y, al ir a meterla en la cerradura, la puerta se abre con un leve empujón de mis manos blanquecinas. Entro y me estremezco al percibir el olor de los panellets de María que, como siempre, me esperan sobre la mesa de la cocina. Mientras como el primero doy una vuelta de reconocimiento por la casa. Todo está más o menos como esperaba, hasta el espejo del pasillo me recibe con la normalidad que supone no ver mi imagen reflejada.

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